
¿Que si conocí a Alicia? Sí, aún la conozco, se me mete en la cabeza de vez en cuando. Puta Alicia. Llega con sus ideas locas, que el conejo blanco es real, me dice. Pero la idiota no se da cuenta que el conejo blanco la está llevando a lugares que desconoce y de los que dificilmente saldrá. La muy ridícula.
Alicia es así, llegaba a mí cuando menos me lo esperaba. Y se sentaba a los pies de la cama y me contaba historias, que a lo lejos hay una cuncuna que puede darte pasteles para crecer y decrecer. Que podemos estar más arriba de lo que pensamos. Y yo le hacía caso, entonces probaba de sus pasteles y sus galletitas de colores y me achicaba y crecía como a ella tanto le gustaba. Y entonces, nos ibamos juntas a Wonderland. Allá todo era maravilloso. Las palomas se creían serpientes y los gatos sonreían... y yo que ni sabía que los gatos podían sonreír.
y los murcielagos? aah.. a esos había que tenerles miedo, llegaban de la nada, con sus dientes afilados y sus alas grandes, y te tentaban para que saltaras de un barranco o para que apretaras tus manos contra las espinas de las rosas. Eran extraños esos murcielagos, por que siempre sabían cuándo era el momento justo en el que debían llegar. Y tú, con tus lágrimas, los esperabas ansiosa. Por que tenían todo para entregarte. Cariño, sonrisas y muchísimos más dulces.
Eso era lo que me gustaba del país al que Alicia siempre solía llevarme. Los dulces. Es que te hacían sentir tan alto. Estirarte, soltarte, que tus manos se vuelvan flores o pasto, o qué se yo. El problema recaía ahí. Mis manos comenzaron a desvanecerse y yo deje de tener noción de quien era. Algunas veces pensaba que yo misma era Alicia, que me había fundido con ella y que ahora, las galletas y los pasteles, eran mucho, mucho mejor, que los garabatos que solía anotar en mi cuaderno.
Y Alicia, la muy maldita, se reía de mi a carcajadas. Por que ella ahora se había vuelto parte del país de las maravillas y no quería salir de allí. Era una baraja de cartas. Era la reina de corazones. Era la invitada principal en cualquier fiesta del té.
¿Y yo? Pues yo seguía allí, achicandome y agrandandome a cada segundo. Con un dulce podía estar muy arriba y con otro, quedar hecha pedazos sueltos en el suelo. Al final, el problema fue ese, terminaba más en el suelo que en el cielo. Y yo que creía que podía volar. ¡Mentiras! Estaba en el suelo y ahí era donde iba a quedarme. Vomitando y llorando, porque la sangre en mis brazos se había secado y coagulado y porque tenía demasiadas cicatrices por todas partes.
Y las pastillitas que Alicia solía darme. Daban vueltas en mi cabeza y comenzaban a enloquecerme. Que estaba ciega, que el sol me quemaba los ojos, que la briza del viento ahora se convertía en espinas. Que mi cama ya ni siquiera me servía para dormir. Y entonces, yo lloraba, tanto que el charco de lágrimas comenzó a volverse mi hogar, y ya no había conejos, ni cuncunas, ni gatos, ni siquiera sombrereros locos.
¿y Alicia? Por ahí anda la perra. Riéndo y buscando más hongos mágicos. ¿Yo? No gracias. Ya salí del País de las maravillas. Tengo mi propia madriguera y ya no entran ni conejos ni murcielagos.
Malditos murciélagos...
1 cositas lindas:
Ja ja... A veces uno está en temporada de necesitar a Alicia y otras veces no... Depende de uno. A fin de cuentas, siempre nos estancamos y necesitamos que un conejo y/o una niña medio rara nos adentre a lo desconocido. Es cosa de tacto.
Me encantaron las transformaciones que señalas en el texto ^^ Me hiciste querer leer los libros de Alicia de nuevo, cosa q no puedo hacer pq se me perdieron ; _ ;
Besitos. ^3^
Publicar un comentario